Los resultados educativos pueden medirse en números, pero detrás de cada estadística hay chicos que aprenden -o no logran hacerlo- y un sistema que debe decidir cómo responder. Esa fue una de las ideas centrales del panel sobre educación que integraron Mercedes Miguel, ministra de Educación de la Ciudad de Buenos Aires; Belén De Gennaro, de Argentinos por la Educación; y Julio Picabea, de Fundación León, durante el Encuentro Anual de Empresarios del Norte Argentino, ACDE 2026.

Miguel planteó que los resultados de las pruebas PISA, que evidenciaron una caída de 16 puntos en el desempeño de los estudiantes porteños, no son producto del azar. “El resultado no es magia, es el resultado de algo”, sostuvo. Para la ministra, una de las principales preocupaciones en Lengua es la pérdida del hábito de la lectura profunda, aquella que permite comprender y aprender.

Pero el problema educativo, sostuvo, no puede quedar limitado al sistema escolar. También involucra al sector productivo. Los jóvenes que hoy están en las aulas serán los futuros trabajadores y emprendedores, y muchos de ellos desarrollarán actividades que todavía no existen. “Lo que ustedes, como empresarios, nos demandan a nosotros es otra cosa muy diferente, y eso empieza en las aulas”, planteó.

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En esa misma línea, De Gennaro puso el foco en una etapa anterior de la trayectoria educativa: los primeros años de la primaria. Recordó que, según los resultados de las evaluaciones de la Unesco de 2019, el 46% de los estudiantes argentinos de tercer grado no comprendía un texto simple acorde a su edad. Es decir, casi uno de cada dos chicos no alcanzaba una habilidad básica de comprensión lectora.

AUTORIDAD. Mercedes Miguel es ministra de Educación de la Ciudad de Buenos Aires. LA GACETA / FOTO DE OSVALDO RIPOLL

Para De Gennaro, los resultados más recientes de las pruebas Aprender en primaria muestran una señal alentadora: todas las provincias mejoraron sus resultados respecto de sí mismas. “Poner foco y priorizar la política de alfabetización da buenos resultados”, señaló, aunque remarcó que el desafío requiere continuidad.

Las benditas pantallas

El debate avanzó entonces hacia otro factor que atraviesa cada vez más la experiencia de los chicos: las pantallas. Miguel contó que la Ciudad de Buenos Aires realizó un estudio sobre 3.200 estudiantes para analizar la relación entre el tiempo de exposición al celular, la salud mental y la capacidad de atención. Según los datos que presentó, el promedio de uso diario fue de seis horas y 10 minutos, con picos de 11 horas.

La ministra vinculó ese fenómeno con las dificultades para sostener la atención y comprender textos complejos. También recordó que la Ciudad implementó desde 2024 una política para limitar el uso de celulares en las escuelas y que más de 100.000 familias adhirieron a un compromiso para no entregar teléfonos inteligentes a sus hijos antes de los 12 años.

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Miguel fue especialmente crítica con el diseño de las plataformas digitales. Afirmó que el problema no puede atribuirse únicamente a los adolescentes y sostuvo que existen algoritmos diseñados para capturar y retener su atención. “Están hackeando la atención de nuestros jóvenes”, afirmó.

VOZ IDÓNEA. Belén De Gennaro pertenece a la organización nacional

La importancia del juego

El planteo abrió otra discusión: qué sucede con una infancia cada vez más atravesada por dispositivos y qué espacios se pierden cuando el teléfono ocupa el lugar que antes tenían la plaza, el juego o el encuentro con otros chicos.

Picabea recuperó las ideas del psicólogo Jonathan Haidt sobre el pasaje de una “infancia basada en el juego” a una “infancia basada en el teléfono”. Señaló que muchos padres pueden pensar que el celular brinda seguridad, cuando en realidad expone a los chicos a un mundo mucho más amplio y vulnerable.

Miguel coincidió y puso el acento en el valor del juego libre, aquel que no está dirigido permanentemente por un adulto ni condicionado por una pantalla. Allí, dijo, se desarrollan capacidades como la creatividad, la resiliencia y la posibilidad de aprender del fracaso.

“El gran maestro para sacar a los chicos de las pantallas es el deporte, la naturaleza y el arte”, sostuvo. Y dejó planteada una pregunta que atravesó buena parte del encuentro: si la educación busca preparar a los niños para un mundo que todavía no conocemos, ¿cómo hacerlo si pierden cada vez más temprano la capacidad de concentrarse, jugar, crear y descubrir por sí mismos?

La respuesta, al menos para Miguel, no pasa solamente por medir resultados ni por prohibir dispositivos. También consiste en recuperar espacios donde los chicos puedan hacer algo tan simple -y tan necesario- como jugar sin una pantalla delante.